Cuento de Navidad

La familia tenía intención de reunirse el día de Navidad como hicieran todos los años, pero cada vez era más difícil. Por un lado, las empresas cada vez facilitaban menos el que estos días fueran realmente especiales. Estas fiestas se estaban vaciando tanto de sentido, que parecía absurdo que los trabajadores dispusieran de sus vacaciones para desplazarse a su tierra, junto a su familia. Y por otro lado, porque yo mismo me planteaba seriamente, el luchar por la concesión de estos días.

De un tiempo para acá me cuestionaba todo aquello en lo que había creído, lo que había vivido; todo eran problemas y poca luz que diera un poco de sentido a esta situación y a cómo resolver lo que tenía entre manos.

Caminando de vuelta a casa por aquel paseo lleno de hojas caídas en el suelo, las pisaba conscientemente, sintiendo su peculiar ruido bajo mis pies en medio de un gran silencio, exterior e interior. Los columpios de colores intensos en el centro de ese paisaje color marrón que lo enmarcaba, me hacían suponer que podía seguir existiendo la vida en medio de una terrible oscuridad. Nunca me había sentido así.

Me paré ante la llamativa imagen de un hombre ya mayor, con abundante pelo blanco, un bigote enorme, una hermosa barriga y bien trajeado, como si fuera a ir a una gran fiesta, hablándole a un niño de unos 8 años que lo miraba como si le estuviera contando la historia más apasionante de su vida.

Me senté en uno de aquellos columpios, y mientras miraba con agrado a este par de personajes, que me sugerían la foto de un cuento antiguo pero nunca pasado de moda, me vinieron a la mente la gran cantidad de historias que yo había escuchado y vivido cada Navidad, esos momentos realmente entrañables que me hicieron feliz: los cuentos de Navidad que mi madre nos contaba junto a la estufa de leña mientras esperábamos que mi padre llegara del trabajo, los paseos al pinar cercano a casa en busca de musgo para el Belén y piñas para la estufa, donde los mayores nos adelantábamos y preparábamos pequeñas casitas de hadas por dónde iban a pasar. Era impresionante ver el asombro y la ilusión que mostraban los rostros de nuestros pequeños hermanos ante tamaño prodigio.

Recordé también las palabras de mi padre ante el Belén, cuando insistía en que Jesús no nació en un castillo, sino en un pesebre donde olía mal, donde no había grandezas pero había vida. El intentaba darle sentido a este acontecimiento en nuestro existir de aquel momento. Me pregunté qué significaban aquellas palabras hoy para mí. Tenía todo lo que había buscado y deseado, me había afanado por conseguirlo y allí lo albergaba, pero no sentía el fluir de la vida dentro de mí, sino más bien la tristeza y la muerte; quizá, sí que me unía una realidad a aquello que mi padre contara, olía mal. Justo, pensé, el lugar donde podría volver a acontecer y tendría sentido una nueva Navidad; allí donde el asombro ante las cosas pequeñas no se perdiera en el día a día, en un nuevo amanecer cargado de magia y color, allí donde el encuentro con los otros, trolls, elfos, reyes y pastores fuera posible, allí donde esos cuentos e historias siguieran estando cargados de verdad y, que, como a ese niño junto a su abuelo, supusieran para mí no sólo la historia más apasionante de mi vida, sino la certeza de que es Navidad, y que la oscuridad que me aprisiona y nubla todo lo vivido, se disipará.

Me fui. Como si de la caja de Pandora se tratara, habían salido de mí todos los males, pero aún quedaba la esperanza; esa que hace que el mundo real nos parezca fantástico.

Anuncios